En el marco de su campaña internacional de Pascua a favor de la labor que desarrollan las religiosas, la fundación pontificia ACN ha recogido el testimonio de hermanas de diferentes países. Esta es la historia de una de ellas, Sor Vera de Kazajistán: Sor Vera Zinkowska tiene 43 años, nació en Shortandy y es de la congregación de las Hermanas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

El padre de sor Vera era católico y creyente. En la era soviética se negó a colaborar con el KGB (el Comité para la Seguridad del Estado) así que un día, él y otros dos hombres —un luterano y un baptista— fueron citados por la  KGB para declarar. Les amenazaron a ellos y a sus hijos, y poco después la hija del luterano fue hallada muerta cerca de Moscú, donde estudiaba en la universidad. También al hijo del cristiano baptista le pasó algo. La madre de Vera acababa de dar a luz a su primer hijo, era una niña. En el hospital le rompieron una pierna. Cuando fue tratada de neumonía, se le administró un grupo de sangre equivocado y finalmente la pequeña falleció. Los padres querían tener más hijos y tuvieron mellizos: Vera y su hermano, que nacieron con 15 minutos de diferencia. Su padre tenía miedo de educarlos en la fe porque temía que pudieran compartir el destino de su primera hija. Sin embargo, ambos encontraron a Dios y descubrieron una vocación: ¡Vera se hizo religiosa y su hermano sacerdote!

Sor Vera Zinkowska tiene 43 años, nació en Shortandy y es de la congregación de las Hermanas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Sor Vera Zinkowska tiene 43 años, nació en Shortandy y es de la congregación de las Hermanas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

 Vera recuerda como en 1990, después de la Perestroika, “vino por primera vez un sacerdote a nuestra ciudad. Nos invitó a asistir a Misa, que celebró en polaco y le ayudamos con el ruso. Poco a poco encontramos a Dios. Cuando tenía 15 años recibí la Sagrada Comunión por primera vez. Fue hace 28 años, en Navidad».

Cuando las Hermanas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María fueron por primera vez a la ciudad natal de Vera para estar allí dos semanas, ella se quedó impresionada con la personalidad de las religiosas: «Era la primera vez en mi vida que estaba con religiosas y me gustó mucho. En la época soviética, los profesores nos decían que los creyentes eran personas poco formadas y muy limitadas, verdaderos analfabetos. Decían que los creyentes eran lo peor. Pero yo vi alegría en las religiosas. Desde una perspectiva puramente humana yo pensaba que debían de ser personas infelices porque no se embellecían ni tenían familia. Me impresionó que no se arreglaran para estar guapas y que no tuvieran marido ni hijos y que, a pesar de eso, parecieran felices y alegres. Fue entonces cuando pensé por primera vez en convertirme en religiosa y vivir como ellas». Vera terminó la escuela, se trasladó a Polonia para aprender este idioma e ingresó en la congregación.

El mayor deseo de Vera era trabajar con niños.

El mayor deseo de Vera era trabajar con niños.

«Me gustaba que parte del carisma de la congregación fuera el cuidado de los niños más pobres. Eso me atrajo. Me enteré que si ingresaba en este convento, las hermanas vendrían a Kazajistán a trabajar, y así sucedió. Mi hermano me apoyó mucho.  Por aquel entonces él se encontraba ya en Polonia, en el seminario. Nuestros padres también estaban contentos, aunque al principio mi padre temía que el KGB pudiera volver a causar problemas. Al principio, sufrí una crisis y no sabía si debía quedarme en la congregación o salirme, pero mi madre me apoyó mucho para que me quedara. Es algo de lo que estoy muy agradecida. También mis amigos me apoyaron, aunque muchos de ellos no eran creyentes y les parecía incomprensible mi decisión. Así que puedo decir que nadie estaba en contra de mi vocación».

El mayor deseo de Vera era trabajar con niños. «Ya con 12 años cuando todavía no iba a la iglesia pensaba que no me casaría, sino que dedicaría mi vida a los niños abandonados. Más tarde, cuando encontré a Jesús y se me planteó la posibilidad de trasladarme a Kapshagay para ocuparme de esos niños, descubrí, por así decirlo “mi vocación en la vocación”.

"Más tarde, cuando encontré a Jesús y se me planteó la posibilidad de trasladarme a Kapshagay para ocuparme de esos niños, descubrí, por así decirlo “mi vocación en la vocación”.

“Más tarde, cuando encontré a Jesús y se me planteó la posibilidad de trasladarme a Kapshagay para ocuparme de esos niños, descubrí, por así decirlo “mi vocación en la vocación”.

Después de muchas idas y venidas, se abrió una segunda casa de la congregación en Kazajistán, pero a pesar de lo que Vera pensaba, las superioras eligieron a dos religiosas para empezar a trabajar allí. Para sor Vera esto fue una gran decepción, «rezaba interiormente por lo más importante; que los niños estén bien atendidos y que las hermanas se ocupen de ellos. ‘Acepto humildemente no ir allí; serán otras las religiosas que vayan’, pedía al Señor». Sin embargo, hubo problemas con los visados para Kazajistán; por esto, pidieron a sor Vera que fuera para estar un mes en Kapshagay. Ese mes se convirtió en diez años. «Para mí fue una señal de que Dios me quería y que había aceptado mi sacrificio. Soy muy feliz de poder trabajar aquí con los niños».

ACN ha ayudado a las Hermanas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María de Kapshagay en varias ocasiones con la remodelación y ampliación de su casa y su capilla. Así como con ayudas para obtener visados y poder hacer sus ejercicios espirituales.

Catherine Ibrahim vive en un campo de desplazados gestionado por la Diócesis católica de Maiduguri, en el Estado de Borno. A continuación, esta viuda católica describe a Ayuda a la Iglesia Necesitada el asesinato de su marido a manos de Boko Haram, el secuestro de sus hijos y su propia cautividad.

La primera vez que Boko Haram llegó a nuestra aldea, tuvimos suerte. Justo cuando íbamos a cenar, escuchamos los disparos y corrimos hacia las montañas. Durante los dos días que permanecimos allí, fue nuestro miedo a morir lo que nos mantuvo con vida. Cuando regresamos, las casas y las iglesias habían sido pasto del fuego, lo cual condujo a un enfrentamiento entre cristianos y musulmanes que solo se detuvo con la intervención de los militares.

Poco menos de una semana más tarde, Boko Haram volvió a atacarnos, y esta vez llegaron a mi casa con intenciones asesinas. Un millón de pensamientos inundaron mi mente, pero ninguno eclipsó mi instinto protector hacia mis hijos, Daniel y Salomé. Pero se me adelantaron. Cuando llegué a donde se escondían mis hijos, vi cómo los rebeldes, triunfantes, los agarraban por los hombros mientras ellos forcejeaban indefensos. Tenían entonces cinco y siete años. Me fallaron las rodillas y los ojos se me llenaron de lágrimas; tenía miedo de lo que pudiera ocurrirles, especialmente, a mi hija.

 Campo de desplazados gestionado por la Diócesis católica de Maiduguri, en el Estado de Borno.

Campo de desplazados gestionado por la Diócesis católica de Maiduguri, en el Estado de Borno.

Entonces, uno de los rebeldes me arrastró salvajemente para hacerme presenciar la muerte de mi marido. Mataron a mi marido sin piedad y se aseguraron de que yo lo viera todo. No puedo olvidar el miedo en sus ojos. No quiero decir más. Odio recordarlo. Entretanto se llevaron a mis hijos. Mi instinto maternal se rebeló. Me habían quitado a mi marido; no iba a permitir que se llevaran también los frutos de nuestro amor. Sin ellos estaría muerta. Pero el viaje entonces era demasiado arriesgado, y terminé en Yola, la capital del estado, donde permanecí durante seis meses con horribles pesadillas de la lucha de mis hijos.

Alrededor de mayo de 2014, escuché que los militares habían reconquistado Gworza. Fui en su busca, pero no conseguí que un vehículo me llevara a Ngoshe, donde me dijeron que estaban. Así que hice el camino a pie, lo que me llevó un día entero. Por el camino vi enfrentamientos entre los soldados y Boko Haram, pero nada peor de lo que ya había visto. Yo simplemente los evitaba y tomaba los caminos ‘seguros’. Fui capturada cuando llegué a Ngoshe y acepté la captura de buen grado porque, en cierto modo, me hizo sentirme más cerca de mis hijos. Mi suegra fue la primera persona que vi. Mientras ella gritaba excitada, mis hijos aparecieron por detrás de ella. No creo que pueda describir la alegría que sentí. Sólo Dios conoce la profundidad de mi gratitud.

Nigeria: “La visión de su brutal asesinato me perseguirá para siempre”.

Nigeria: “La visión de su brutal asesinato me perseguirá para siempre”.

Esa fue la primera vez en mi vida que reconocí conscientemente la presencia de Dios. Pero ahora, mientras hablamos, me doy cuenta de que siempre ha estado ahí. Me alegré de que mi suegra no me preguntara por su hijo, porque no sé cómo le podría haber contado lo que pasó. Mis hijos, mientras estaban en cautiverio, fueron islamizados y renombrados. Daniel se convirtió en Musa y Salomé en Yagana.

Después de planificar la huida durante tres días, mi intento de escapar fracasó. Se llevaron a mis hijos y a mí me llevaron a un campo de detención. Durante dos semanas permanecí con las manos atadas detrás de mi cuello y los pies también atados. Me torturaron con todo tipo de objetos, y no pararon hasta hacerme sangre. Me dieron muchas palizas, pero mantuve mi fe. Mi compañera de celda murió, yo recé con gran temor en mi idioma nativo. El guardia hablaba ese idioma. Gracias a su intercesión al cabo de tres meses fui liberada de mi arresto y llevaba al campamento de nuevo.

Monseñor Oliver Dashe Doeme, obispo de Mendigori (Nigeria)

Monseñor Oliver Dashe Doeme, obispo de Mendigori (Nigeria)

Mi suegra me cuidó hasta que recuperé la salud. Han pasado cuatro años desde mi liberación, pero las manos todavía no me obedecen del todo. Desde que llegué aquí, la Iglesia me ha ayudado en mi tratamiento. Me llevaron a la catedral de San Patricio desde el Hospital de Maiduguri, y un administrador de la catedral me llevó al hospital privado, donde hice fisioterapia durante seis meses. Tres años más tarde, el 2 de marzo de 2017, me reuní con mis hijos en Maiduguri. Después de un combate con Boko Haram en Ngoshe, los soldados los habían rescatado. Ahora que vuelvo a estar con mis hijos y mi suegra, mi alegría no tiene límites. Pero la muerte de mi esposo -el tener que presenciarla- me perseguirá para siempre.

En 2017 Ayuda a la Iglesia Necesitada visitó la Diócesis de Maiduguri y se encontró con Catherine y muchas otras viudas y huérfanos víctimas de las atrocidades de Boko Haram. Durante 2017 la fundación apoyó la labor pastoral de la Iglesia nigeriana con la financiación de proyectos por más de 1,6 millones de dólares. Entre ellos, también con el apoyo a la atención de viudas y huérfanosy la reconstrucción de la catedral y el seminario de la diócesis de Maiduguri, destruido por ataques de Boko Haram.

Mal día para Selma. Hoy, esta madre siria de tres hijos ha visto cómo su hijo mayor se trasladaba al Líbano. «Mi hijo ha tenido que irse debido a las dificultades. La despedida ha sido muy difícil», dice con lágrimas en los ojos mientras enjuaga unas tazas de café. «No sé cuándo le volveré a ver. Solo pude darle algo de dinero para el viaje. Ni siquiera algo para comer. La última parte la tiene que hacer a pie. Su ropa se la enviaré más tarde». Su historia ilustra la situación actual de muchos cristianos en Siria.

Cuando, en 2011, comenzó la crisis y los terroristas asolaron las casas de los cristianos en Idlib, la familia huyó. «Golpearon contra las puertas para indicarnos que teníamos que irnos porque querían las casas. ¿Quiénes eran? No los conocíamos. Dispararon al aire para asustar a la gente. Todos empaquetaron sus cosas y se fueron». Desde entonces, la familia vive en casa de Johaina, la madre de Selma, en el Valle de los Cristianos, al oeste de Siria. Cuando el esposo de Selma murió en un accidente automovilístico hace tres años, la familia se encontró —de un día para otro— sin sustento alguno y sin ahorros. Su hijo, que entonces tenía 16 años, se ocupaba él solo de la subsistencia de la familia.

A la luz de una linterna a pilas, Selma habla de sus otros dos hijos, su hijo Elian (11) y su hija Marita (16). «Elian piensa como un hombre maduro porque ahora trabaja desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde; ya no va a la escuela. Tiene eccema por cargar madera y muebles», dice. Pero la viuda se preocupa sobre todo por Marita. «Ya ha recibido bastantes propuestas de matrimonio porque es muy guapa. Además parece mayor de lo que realmente es. Para ahorrar dinero, va caminando a la escuela, incluso cuando llueve. Pero un chico de fuera del valle intentó llevarla con él la última vez». Selma está orgullosa de su hija: «ganó el primer puesto en una olimpiada regional de química y matemáticas. Pero no teníamos dinero para viajar a Homs para la competición nacional».

Los cristianos de Siria, divididos en lo que se refiere a su regreso

Los cristianos de Siria, divididos en lo que se refiere a su regreso

Cuando su hija Marita se quemó la pierna y nadie de su entorno podía ayudar a Selma a pagar el tratamiento y los medicamentos, se dirigió al Centro de la Iglesia católico-maronita en Marmarita, que cuenta con el apoyo de Aid to the Church in Need. Allí conoció a Majd Jalhoum (29) y al hermano de esta, Elie (31), que desde hace siete años —junto con un equipo de jóvenes miembros de la Iglesia católico-maronita— ayudan a los numerosos refugiados en el Valle de los Cristianos. Le facilitaron paquetes de alimentos y una aportación para abonar el alquiler. «Sin ellos no tendríamos nada para comer. Antes me dirigía a distintos mercados para comprar a crédito a diferentes comerciantes. Ahora que tengo dinero, primero he de abonar lo comprado a crédito». Para esta viuda, la fe es algo muy importante: «Sin la ayuda de Dios, la Virgen María y Elie, del centro, yo no existiría ya». Lo que más desea Selma es un trabajo y tener de nuevo casa propia…. pero no en Idlib. Incluso cuando vuelva la paz, ella no quiere regresar. «Mi casa ya no está allí. De mis vecinos cristianos, nadie quiere regresar».

Estudios

La historia de Selma es un buen ejemplo de la realidad de muchos cristianos en Siria, como demuestran los estudios realizados por Aid to the Church in Need sobre la situación de los cristianos. Con la ayuda de las diócesis, un pequeño equipo se dirige a las parroquias de toda Siria para averiguar exactamente cuántos feligreses se han quedado, cuántos han huido, han sido secuestrados o asesinados. También se catalogan los propietarios de iglesias que han sido dañadas o destruidas. Aunque todavía no se conocen los resultados, son ya evidentes tendencias inquietantes. Por ejemplo, hay un gran número de jóvenes cristianos que acaban de dejar el país para no tener que luchar (más) en la guerra. El retorno es difícil; de acuerdo con una regulación legal que data de antes de la guerra, un retorno solo es oficialmente posible después de cuatro años y después de un pago de alrededor de 7.000 euros. Para los muchos jóvenes que reciben un salario escaso en países vecinos como Líbano, Jordania y Turquía, se trata de una suma considerable. Una preocupación con respecto a la presencia cristiana en el país es que las mujeres que se quedan se casan con musulmanes durante este tiempo… lo que inevitablemente lleva a que los niños no sean bautizados.

Al igual que Selma, una parte de los refugiados —independientemente de que hayan huido dentro o fuera del país— no quiere regresar. Algunos han perdido sus pertenencias como resultado de la guerra. Otros han reconstruido sus vidas en otros lugares y no están precisamente entusiasmados con la idea de verse envueltos en la inseguridad de un nuevo trabajo y un nuevo hogar en un país que ha sido enormemente destruido y tiene un alto índice de desempleo. Además, existe una profunda desconfianza hacia los antiguos vecinos musulmanes que participaron en la conquista y ocupación de algunos lugares por extremistas. Como resultado, ahora solo hay una pequeña comunidad de fe en lugares cristianos históricos… y esto, a pesar de que la presencia de la Iglesia en estos lugares se remonta al siglo I después de Cristo. Es discutible que el tiempo pueda curar esas heridas.

Con muchas oraciones y ayuda de fuera, el sueño de Reznan de Homs quizá pueda hacerse realidad: «que la calle vuelva a ser lo que era antes».

Con muchas oraciones y ayuda de fuera, el sueño de Reznan de Homs quizá pueda hacerse realidad: «que la calle vuelva a ser lo que era antes».

Signos de esperanza

Por otro lado, los cristianos están regresando a los lugares que menos se hubiera esperado. Un ejemplo es la familia de Reznan Berberaska (22) de Homs. Su casa, que se encuentra ubicada en el antiguo frente, fue renovada a lo largo de ocho meses, lo cual es un pequeño milagro si se observa desde el balcón la destrucción que muestra la calle. Reznan, que quiere ser farmacéutico, señala las sillas de plástico y el tendedero lleno que se puede ver más abajo en la calle a través de grandes agujeros en la fachada. «También allí están ocupados construyendo». La iglesia en Siria espera un punto de inflexión similar al de la llanura de Nínive en Irak. Antes de la retirada del llamado Estado Islámico, sólo el 4% de los refugiados locales querían regresar a sus casas. Dos años después, el 45% de las 12.000 viviendas destruidas han sido restauradas y las familias han regresado realmente. Un comité de las mayores comunidades religiosas de Homs firmó la semana pasada un acuerdo con Aid to the Church in Need para reconstruir varios centenares de casas. Con muchas oraciones y ayuda de fuera, el sueño de Reznan de Homs quizá pueda hacerse realidad: «que la calle vuelva a ser lo que era antes». En vista de la migración de los cristianos en Siria, por un lado, y de la necesaria restauración de casas e iglesias, por otro, las expectativas son más bien malas: Siria nunca volverá a ser lo que era, nunca volverá a ser el mismo país.

Con vocación misionera, las Hermanas del Instituto Servidoras del Señor y la Virgen de Matará están comprometidas con el anuncio del Evangelio el testimonio de Cristo a través de la evangelización de la cultura. Están presentes en 31 países de todo el mundo. En Albania, las Hermanas mantienen una residencia para mujeres jóvenes, un hogar para discapacitados y un convento parroquial. ACN apoya su trabajo.

En todo el mundo, la gente se unió a la campaña de ACN por la libertad religiosa. De Chile a Australia – a través de Brasil, México, Estados Unidos, Canadá, Portugal, España, Francia, Irlanda, Reino Unido, Bélgica, Países Bajos, Suiza, Italia, Malta, Alemania, República Checa, Polonia, Eslovaquia, Filipinas – catedrales, iglesias, escuelas, universidades y edificios públicos fueron iluminados en rojo en memoria de la sangre de los mártires derramada por la persecución religiosa. La gente se pronunció por la fe y la libertad, vistiéndose de rojo, orando y tomando un momento del día para reflexionar sobre la triste situación de falta de libertad religiosa en muchos países del mundo. #ReligiousPersecution #ReligiousFreedom

La Iglesia católica de la localidad siria  de Marmarita y la fundación internacional Aid to the Church in Need trabajan para sostener a familias huidas de sus casas y ayudarlas a regresar

Ghassan Abboud y su mujer Maha Sanna vivían en Homs junto a sus dos hijos, Josef y Michael. Pero hace justo 5 años y 7 meses la vida les cambió por completo, esa fecha no se les borra de sus recuerdos. “Estábamos en casa, mi hijo Michael estaba en el salón tranquilamente, cuando de repente oímos el ruido de unos cristales rotos. Cuando fuimos a ver qué había pasado, nos encontramos a Michael tendido en el suelo, una bala perdida que había entrado por la ventana le atravesó la cabeza. Murió en el acto”, narra Maha.

La guerra de Siria había irrumpido en la ciudad de Homs apenas unos meses antes, los primeros combates de guerrillas urbanas desencadenaron sangrientos bombardeos y ataques de francotiradores en toda la ciudad. Las protestas callejeras que exigían el fin del régimen de Bashar Al Assad, habían sido duramente contestadas con una fuerte represión policial. Todo desencadenó en una guerra civil que provocó la división del ejército, la sociedad y la aparición de numerosos grupos armados de corte yihadista. Hasta el día de hoy, los datos de muertes son de unas 500.000 pérdidas, una de estas víctimas mortales es el hijo pequeño de la familia Abboud.

 

Hassan Abboud com sua esposa Maha Sanna e seu filho Josef Abboud.

“Michael era un chico excelente, trabajaba como realizador en la televisión y soñaba con ser director de cine algún día”, comenta su madre con un punto de tristeza y otro de orgullo. Tras el asesinato de Michael y con el recrudecimiento de los combates en la ciudad, la familia decidió marcharse. “Intentamos irnos del país, pero nos denegaron el visado. No teníamos mucho dinero y dejamos de intentarlo. Así que nos vinimos aquí, al Valle de los Cristianos”, explica Ghassan.

Los Abboud han vivido todos estos años en una pequeña casa de alquiler en el pueblo de Almishtaya, una localidad de las más de veinte que forman esta región, conocida por ser antes de la guerra un lugar de descanso para la gente de Homs. Muchos venían aquí desde la ciudad buscando la tranquilidad de sus valles y montañas. Maha cuenta que su situación económica no era suficiente para pagar un alquiler en otra ciudad donde no hubiese combates, pero no podían seguir viviendo en Homs rodeados de tanta violencia. “Desde que llegamos hemos sido apoyados por los sacerdotes y los jóvenes de Centro de San Pedro de Marmarita. Sin su ayuda para pagar esta casa, alimentos y las medicinas que necesito para el corazón, no sé dónde estaríamos ahora”.

Su marido y su otro hijo Josef perdieron el trabajo al abandonar Homs. En el Valle de los Cristianos han podido trabajar algunos meses, pero la situación económica del país y la saturación de desplazados hace que el trabajo escasee y los sueldos son muy bajos. “Yo soy trabajador autónomo (“free worker” en inglés) –comenta Ghassan-, ahora he dejado de trabajar. Tengo ya 60 años, pero no recibo ninguna pensión”. Su hijo Josef sí que tiene trabajo, es electricista, “pero el trabajo aquí es muy inestable. Me gustaría volver a Homs y ganarme la vida allí”.

La familia de Ghassan y Josef es una de las más de 2.000 familias que reciben la ayuda mensual de subsistencia que distribuye la Iglesia local gracias al apoyo de la fundación pontificia Aid to the Church in Need (ACN).

Muchas de estas familias han manifestado recientemente su intención de regresar a sus casas lo antes posible, en cuanto puedan ser reconstruidas. “Estoy casi seguro que lograremos volver pronto. Hemos podido regresar a Homs y hemos visto que el estado de nuestra casa, aunque parcialmente destruida, no es tan grave. Pero todavía es difícil vivir en Homs con las ruinas de la catástrofe y muchos cortes de luz y agua, pero siempre es mejor estar en tu propia casa que aquí como desplazados. Además, hacer frente a un alquiler es muy costoso también”, reconoce Ghassan.

Con este mensaje de esperanza sobre el regreso, Ghassan, Maha y su hijo Josef se despiden del pequeño grupo de ACN que ha viajado a Siria para conocer la situación de las familias desplazadas y sus necesidades: “Lo que nos da esperanza es el apoyo que recibimos de Iliash, el joven responsable de que coordinar la ayuda del Centro San Pedro. Los sacerdotes y la Iglesia católica nos están apoyando en todo. Su ayuda es la única que tenemos, es un testimonio de generosidad y es aún más valiosa para nosotros que no somos católicos, sino cristianos ortodoxos”, dice Maha.

“Mi fe es la que me da fuerzas para seguir adelante, pese a tanto dolor. Me decís que muchas personas en Europa y otros países se sienten fortalecidos en la fe al conocer nuestra historia y nuestra fortaleza frente a las dificultades. Yo digo: ‘Alhamdulillah’ (Alabado sea Dios, en árabe)”, comenta Ghassan. Mientras por el balcón de su casa asoman sus cabezas y agitan sus manos diciendo adiós con efusividad añaden: “Shukran ktir ktir  (muchas, muchas gracias)”

CONOCE MÁS SOBRE Aid to the Church in Need, VISITA http://www.churchinneed.org
logoacnwhy2

QUIÉNES SOMOS

Fundada en 1947 como una organización católica de ayuda para refugiados de guerra y reconocida como una fundación pontificia desde 2011, ACN se dedica al servicio a los cristianos en todo el mundo allá donde estén perseguidos, discriminados o sufran necesidad material, a través de la oración, la información y la caridad. Anualmente ACN apoya alrededor de 5.000 proyectos pastorales en cerca de 150 países, gracias a donaciones privadas, ya que la organización no recibe ayudas gubernamentales.