Bangui, herida, en busca de héroes

«En los momentos más difíciles surgen héroes y no dudo de que existan héroes en la República Centroafricana para levantarse, como un solo hombre, para decir no a la violencia, a la barbarie, no a la destrucción de sí mismos».

Esta es la llamada que el arzobispo de Bangui, el cardenal Dieudonné Nzapalainga, ha dirigido a la capital y la nación entera en estos días dramáticos, cargados de tensión y de tristeza.

¿Qué ha pasado en Bangui? La mañana del uno de mayo, durante una celebración en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima (a poca distancia de nuestro convento), un grupo armado proveniente del barrio Km5 (un enclave de mayoría musulmana, desde hace años el foco principal de las tensiones de la capital), abrió fuego sobre la gente que estaba en oración provocando muertos y heridos. La incursión tuvo lugar como represalia en reacción a una tentativa por parte de las fuerzas del orden de capturar algunos elementos de este grupo armado que, de hecho, tiene como rehén la capital y algunos elementos musulmanes del barrio. 

 

República Centroafricana. Niñas rezando en la parroquia de San José Mukasa durante la Santa Misa con el Padre Albert Tongoumalé-Baba

Los fieles de la iglesia de Fátima terminaban de proclamar su fe y estaban para comenzar el ofertorio. Pero la misa continuó con el sacrificio de dieciséis cristianos, entre los que se encontraba un sacerdote, al reverendo Albert Tungumale Baba. El enfrentamiento continuó –durante días– en otros barrios de la ciudad provocando otros muertos, otros heridos y la destrucción de dos mezquitas. El episodio de Fátima, que ha herido y dejado casi incrédula a la ciudad entera, ocurrió por otra parte a pocas semanas del asesinato en Séko (en el centro del país) de otro sacerdote, Desiré Angbabata, junto a once de sus parroquianos.

El sacerdote Albert, de setenta y un años y entre los sacerdotes más ancianos del clero de Bangui, era un pastor estimado y conocido por su sencillez y simpatía y, sobre todo, por su obra discreta e infatigable en favor de la reconciliación entre cristianos y musulmanes. Durante las fases más agudas de la guerra había acogido durante diversos años, en su parroquia muy cerca del Km5, a miles de refugiados provenientes de barrios vecinos. El sacerdote Albert, además, era conocido por todos por su gran amor por el sango, la lengua nacional de Centro África, no rica especialmente en vocablos. El sacerdote Albert podía traducir todas las palabras (sin usar el francés), con soluciones geniales o giros de palabras graciosas. Una vez, mientras estábamos en el coche juntos, tradujo incluso mi nombre, diciendo que me debía llamar Bwa (que en sango significa sacerdote) Federiki.

 

El sacerdote Albert, de setenta y un años y entre los sacerdotes más ancianos del clero de Bangui

En una entrevista, el sacerdote Albert había dicho que solo Dios podía ya salvar a Centro África. No tenía toda la razón. Para salvar Centro África lo han intentado, y aún lo están intentando, en muchas ocasiones: el ejército nacional, las tropas de la Unión Africana, la misión francesa (que tiene el gran mérito de haber impedido que el conflicto se convirtiera en una matanza), los soldados de la Unión Europea, después la Minusca, la gran misión de la ONU (que, incluso con todos sus límites, queda como única solución posible) y ahora están en el horizonte también los  rusos. Nos ha probado también el papa Francisco que, con su visita en noviembre de 2015, había logrado una tregua suficiente para elegir democráticamente un nuevo presidente. Desgraciadamente, con el tiempo, el efecto de la visita se ha desvanecido y la ocasión de pasar página se ha desperdiciado por enésima vez. Los enfrentamientos se han multiplicado en toda la extensión del país y la paz, que apenas habían acariciado, parece casi más lejos que antes.

¿Por qué comenzó la guerra? Y ¿por qué parece imposible pararla? Las guerras siempre son complejas, comienzan por muchos motivos y evolucionan en el tiempo. También para quien vive aquí desde hace años, es difícil explicarle las verdaderas razones del conflicto y, aún más, sugerir la solución justa para apagar el incendio evitando que se propague ahora aquí, ahora allí –casi como los fuegos de la sabana– dejando solo muertos, destrucción, miedo y desánimo. Actualmente los dos campos adversarios no son ni siquiera muy netamente distinguibles, como en los primeros años de la guerra, entre Seleka (la coalición de las milicias de mayoría musulmana, entre quienes hay asimismo mercenarios de otros países) y los anti-balaka (las milicias de autodefensa, surgidas de la población del país, de mayoría cristiana, pero de las que los obispos siempre han tomado distancia). La Seleka oficialmente está disuelta. Todo grupo de rebeldes tiene su jefe, sus objetivos y su zona de influencia. No hay más que la guerra casa por casa, barrio por barrio que Bangui había conocido en 2013 y en 2014. Ahora se trata de batallas que tienen por protagonistas grupo de autodefensa, los soldados de la ONU y las fuerzas del orden. Tres cuartas partes del país están como fuera de control de la autoridad del Estado.

La guerra en Centro África, comenzada de hecho en 2013, no es un enfrentamiento confesional o étnico. Se trata más bien del enésimo conflicto por la conquista del poder y por el disfrute de las riquezas de las que abunda el subsuelo. Por desgracia, el elemento confesional se ha introducido violentamente, envenenando la convivencia entre cristianos y musulmanes que hacía de Centro África –en un tiempo ya lejano– un ejemplo de cohabitación pacífica. Séko y Fátima confirman que para volver a la situación precedente el camino es aún largo.

 

República Centroafricana.

Durante la homilía de los funerales del sacerdote asesinado y de algunas de las víctimas, el cardenal de Bangui puso a todos contra la pared denunciando la inercia del gobierno, la lentitud de la ONU y el peligro de que los cristianos cedan al enfrentamiento o, peor aún, a la lógica de la violencia y de la venganza. Se trata de un enemigo insidioso que está destruyendo Centro África. Y este enemigo, ha escrito el cardenal, es el diablo. Solo las armas de la fe pueden vencerlo.

Bangui, herida en el corazón de su fe, no está enojada con Dios. Está enojada más bien con los hombres que no quieren la paz y, casi obedeciendo una agenda escondida, se obstinan en bloquear el país, como si inevitablemente estuviera condenado a la miseria y a la guerra. Bangui y todo Centro África están buscando héroes –entre los gobernantes, los soldados, los jóvenes– que se alcen como un solo hombre y digan no a la guerra y sí a la paz.

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