Sacerdotes en las montañas fronterizas

Cada mañana y cada tarde, los tanques recorren la única carretera que atraviesa las montañas. Salen a desactivar minas. Uno tiene que estar constantemente en guardia, aunque solo sea por la constante presencia de soldados. Las armas de Etiopía y Eritrea apuntan las unas a las otras, dispuestas a abrir fuego. Pueden verse claramente desde el jardín de la parroquia más alta. La situación se puede describir como ausencia de paz y de guerra; eso siempre es mejor que la guerra, pero sin paz no es posible llevar una vida realmente pacífica.

Etiopía y Eritrea libraron una guerra fronteriza entre 1998 y 2000, y tanto antes como después hubo escaramuzas, la última en 2016. Ambos países, de los más pobres del Cuerno de África, han gastado y continúan gastando cientos de millones de dólares en armas. Resulta difícil estimar cuántas personas han muerto en esta guerra: ¿decenas de miles?

 

 

Las relaciones entre Etiopía y Eritrea son tensas desde 1961 por la lucha por la independencia de la última, proclamada en 1993. No obstante, los etíopes y los eritreos son naciones con una historia y una religión comunes. “Muchos miembros de nuestras familias están al otro lado de la frontera, sin poder vernos desde hace una docena o más de años”, observa Mons. Tesfasellassie Medhin, el Obispo de la Eparquía de Adigrat, originario de esta zona.

 

Balas

 

En años pasados, esta región era conocida por su gran número de vocaciones. Durante la guerra, muchos sacerdotes y religiosas decidieron permanecer junto a la población. Algunos de ellos estuvieron presos hasta dos años como, por ejemplo, en el caso del anciano P. Hagos Debesay del monasterio católico etíope de Alitena. El 75% de las iglesias en estas zonas fronterizas han sido destruidas. “Demolían parcialmente los muros para que los soldados pudieran esconderse detrás de ellos. Dentro encontramos munición, colillas y condones”, explica Mons. Tesfasellassie, mientras nos enseña los casquillos de munición que todavía se pueden encontrar y que él mismo recoge del suelo, ahí mismo en los alrededores de la iglesia de Hallalise. El joven párroco del lugar, ordenado un año antes, señala los muros de la iglesia. “Estaban casi totalmente demolidos. Hemos logrado reconstruirlos gracias al apoyo de organizaciones como Aid to the Church in Need (ACN), pero, por ejemplo, aún carecemos de bancos, y la gente reza sentada en viejos pupitres de escuela”, precisa el P. Teum Fitwi, que pide más ayuda. La gente que vive aquí sigue soportando los efectos de la guerra y apenas llega a fin de mes. Es una zona castigada por frecuentes sequías. Los habitantes viven principalmente de la cría de cabras y de la miel de las abejas de las montañas. El suelo es arenoso y rocoso. Sin lluvia, las cosechas son escasas, y la gente y los animales pasan hambre.

 

 

“Esta situación anima a los jóvenes a abandonar la escuela y a emigrar. Huyen a donde pueden”, explica con tristeza el P. Hagos Debesay, quien busca soluciones para pararlos. En su opinión, la respuesta reside en darles acceso a una buena educación y a trabajo, y también en la labor de los sacerdotes de concienciar a los jóvenes acerca de los riesgos relacionados con la emigración. Este es un reto constante que afrontan los jóvenes sacerdotes que trabajan en la zona, y ellos mismos sufren a causa de la pobreza y la soledad. Una forma de afrontar estas preocupaciones son las instalaciones de paneles solares de las que disponen lejanas parroquias. La electricidad hace funcionar las antenas parabólicas y los ordenadores, y esto facilita a los sacerdotes el acceso al mundo exterior y entre ellos mismos, así como con la Iglesia en general, con sus mensajes y sus enseñanzas. No se trata aquí de tener acceso a las últimas tecnologías, sino de que los sacerdotes estén informados y de facilitarles el contacto con los jóvenes.

 

 

Estos contactos tienen aquí una larga tradición. En el pequeño poblado de Alitena se encuentra una de las primeras escuelas modernas de Etiopía y una de las bibliotecas más antiguas con libros en varias lenguas.

A pesar de que desde entonces han pasado muchos años, viajar a pie sigue siendo la norma. El transporte representa para los jóvenes sacerdotes un gran desafío pues están a cargo de cinco parroquias. El P. Teum Fitwi explica que para ir del centro de la eparquía a Adigrat hay que andar tres horas para bajar de las montañas hasta la parada del autobús, y el viaje de regreso es incluso peor. Un vehículo donado a la diócesis por la fundación pontificia Aid to the Church in Need sirve para satisfacer las necesidades de transporte más acuciantes, mientras los burros sirven para los trayectos diarios como las visitas a enfermos. Algunos pueblos están a entre ocho y diez kilómetros de distancia. Los burros sirven para transportar el vino, las hostias y todo lo necesario para celebrar la Eucaristía. El llamado “Proyecto Burros” también fue apoyado por ACN. Pese a la guerra, las sequías y la migración, los sacerdotes no abandonan a los habitantes. No obstante, necesitan ayuda para permanecer allí, para servir y ayudar a la gente a permanecer firme en su fe.

 

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