«Los cristianos en Sudán están orgullosos de serlo»

Sudán es el puente entre el norte islámico y el sur negro de África – Un delegación de la fundación pontificia «Aid to the Church in Need» (ACN) viajo recientemente al país, dónde en 2016 ha apoyado proyectos por casi medio millón de euros.

Un fuerte chasquido rompe el silencio de la noche. Los padres combonianos interrumpen la cena y se aprestan a escuchar. Solo cuando se convencen de que se trata de truenos y no de bombas, continúan comiendo. «Este país ha vivido tantas guerras y golpes militares que nunca se sabe a ciencia cierta qué sucede», dice un padre de edad avanzada, que vive en Jartum desde los años cincuenta. En aquel entonces —continúa diciendo—, la capital de Sudán, situada allí donde confluyen el Nilo blanco y el azul, no era más que un pueblo al margen del Sahara. Su imagen característica venía dada por casas de adobe, de una sola planta: la ciudad se equiparaba al suelo donde se alzaba. Las únicas excepciones arquitectónicas eran los edificios administrativos y religiosos de la era colonial anglo-egipcia, que llegó a su fin en 1956 con la independencia del país. Desde entonces se ha desarrollado siguiendo el estilo de muchos países postcoloniales, incluyendo la desigualdad social y las acusadas diferencias entre las ciudades y el campo. Con los brillantes rascacielos de cristal contrasta aún más fuertemente la miseria de gran parte de la población. Al aterrizar en el aeropuerto, situado en plena ciudad, los tejados de hojalata de los «Shanty Towns» reverberan al inmisericorde sol estival. Cientos de miles de personas se han trasladado del campo a la capital en busca de una vida mejor, y ahora malviven en sus periferias.

Este país está dominado, desde 1989, por el Presidente Omar Hassan Al Baschir, lo cual ya es todo un logro. La época en que las diversas fracciones rivales del ejército daban un golpe militar tras otro —lo que temían los padres reunidos en la cena— ha pasado a la historia después de ese último golpe. Al menos en Jartum, pues el país no conoce la paz, tampoco tras casi treinta años de dominio de Al Baschir. Por todas partes hay contiendas en este país formado por diferentes etnias; sus causas son conflictos étnicos, luchas por la distribución del petróleo, de áreas de pastoreo y otros recursos naturales, así como tensiones religiosas. En el este hubo hasta hace algunos años polémicas que se zanjaron con un tratado entre Jartum y el «Frente del Este». En el sur, el Gobierno lucha con bombas contra grupos de la oposición en la región de Kordofan del sur. Y al oeste, en Darfur, un conflicto ha causado a lo largo de los años cientos de miles de muertos. Debido a los crímenes de Estado hay hoy en día una orden internacional de busca y captura contra Al Baschir, acusado de crímenes de guerra y de lesa humanidad. Según dice, «Amnesty International» tiene pruebas de que, todavía el pasado año, empleó armas químicas contra la población.

Pero el conflicto más sangriento tiene actualmente lugar allí donde se encontraba el sur de piel negra de Sudán. Desde la independencia de Sudán del Sur en 2011, el Estado más joven del mundo se hundió en una guerra civil sangrienta. Grupos étnicos enemistados —Nuer y Dinka— comenzaron a combatirse con una brutalidad en parte inhumana. Hasta hace poco, el país se encontraba al borde de una hambruna. Cientos de miles de desplazados se dirigieron al norte, donde se habían sentido discriminados por el color de la piel y la religión. Muchos sudaneses árabes del norte siguen denominando a los negros del sur, ya sean cristianos o animistas, «abd», esclavo. Muchos fueron llevados efectivamente como esclavos al norte. Grupos cristianos defensores de los Derechos Humanos rogaron al gobierno de Estados Unidos que apoyara la independencia del Sur, y así sucedió.

Sudán, antiguamente el Estado con la mayor extensión de terreno en el continente africano, es hoy en día como una obra inacabada. Con la independencia del sur, el norte se ha vuelto aún más árabe, aún más musulmán. En el norte, sunita en un noventa por ciento, apenas hay unos pocos cristianos, procedentes de los montes Nuba, al sur del Sudán del Norte actual, o del estado del Nilo Azul. El resto son descendientes de emigrantes egipcios o levantinos de la época en que el mundo árabe no conocía fronteras nacionales. En su mayoría, los cristianos del norte proceden del sur. Al perder su nacionalidad con la secesión del sur, su situación en el norte es extremadamente precaria.

La Iglesia con el mayor número de fieles es la católica. Se estableció en el siglo XIX y expandió la semilla de la palabra en un campo sin abonar, pues de los reinos cristianos que habían existido durante siglos, desde la Antigüedad, en el pueblo sudanés no quedaban más que ruinas. Los señores coloniales británicos quisieron, sin embargo, evitar tensiones religiosas entre musulmanes y misioneros cristianos y dirigieron los esfuerzos misioneros cristianos al sur. Se dice que incluso ordenaron la destrucción de la tumba de Daniel Comboni, para evitar que se produjeran peregrinaciones.

El Islam del norte está considerado tradicionalmente como no radical. “Mi tía es musulmana; pero en Navidades mataba siempre un cerdo para mí”, dice un sacerdote católico de los montes Nuba; describe así la tolerancia interreligiosa que se vive en la vida diaria. En general, no se tiene la impresión de que la población islámica de Sudán sea fanática. Frecuentemente, las mujeres llevan el velo de modo descuidado. Al parecer, la gente ya tiene suficiente con organizar la vida diaria y con ocuparse de sobrevivir como para preocuparse de que la sharía penetre en la vida corriente. El país se ve asolado por una grave crisis económica, de la que también es culpable la secesión del sur, pues con ella Jartum perdió el 75 por ciento de los ingresos por petróleo, lo que supone aproximadamente el 30 por ciento de los presupuestos del Estado. Por ello tuvieron que reducirse las subvenciones para energía y alimentación, lo cual supone un potencial para desórdenes. Y por eso, el Estado policíaco tiene sus ojos especialmente abiertos por todos lados.

Sin embargo, la sharía influye incluso en el Derecho penal, incluyendo flagelaciones y otras penas corporales. La apostasía del Islam está considerada como un crimen que conlleva pena de muerte, y asimismo la blasfemia o injurias contra el Profeta y sus compañeros. Si bien la política exterior de Sudán se ha vuelto menos ofensiva e islamista —en los años noventa estuvo durante algún tiempo en el país el príncipe del terrorismo, Bin Laden—, hacia el interior ha cambiado muy poco. Los no musulmanes pueden practicar su fe, como pertenecientes a comunidades registradas, de modo más o menos tranquilo; pero los representantes de comunidades no registradas, como por ejemplo iglesias libres evangélicas, pueden pasarlo peor. Recientemente, el predicador checo Petr Jasek fue indultado por el Presidente, después de haber sido condenado a una pena de prisión de 23 años. Se le acusa de haberse dedicado al espionaje; en realidad se trata de que al parecer había hecho misión de forma activa entre musulmanes… traspasando una línea roja. Pero también las Iglesias registradas están sometidas a numerosas discriminaciones: el país se encuentra muy lejos de la libertad religiosa garantizada por la Constitución. «Que se derriben iglesias, es algo que sucede todos los meses», dice un sacerdote. «De mezquitas no se ha oído nunca. Y si así ocurre, es porque han de dejar espacio a una calle o porque se van a reconstruir en otro lugar». Autorizaciones para construir iglesias de nueva planta no se dan prácticamente nunca. La iglesia se las arregla empleando polideportivos también para funciones religiosas. A pesar de la masiva discriminación la Iglesia católica tiene con el Estado una especie de acuerdo tácito en lo referente a su actividad caritativa. Las clínicas y sobre todo las escuelas desgravan los gastos del Estado y hacen que sea más receptivo respecto de las intenciones de la Iglesia. En escuelas especialmente prestigiosas incluso se forman futuros funcionarios de ministerios, lo cual no es ninguna desventaja en un país donde las cosas funcionan sobre la base de la «amistad». Quizá por ello tolere el Estado a los numerosos sacerdotes del sur que perdieron su nacionalidad sudanesa con la independencia, y que en el norte se han convertido en extranjeros. El tema de los visados para sacerdotes y religiosos extranjeros sigue siendo un gran problema para la labor de la Iglesia.

A pesar de numerosas restricciones estatales, la Iglesia también a veces es un obstáculo para sí misma. Económicamente, la Iglesia depende completamente de la ayuda de la Iglesia universal; el clero está espiritualmente quemado; las rivalidades tribales son frecuentemente más importantes que la comunidad en el Cuerpo de Cristo. «Estamos solo al comienzo de la evangelización», dice Mons. Michael Didi, Arzobispo de Jartum, quien preside la Iglesia del país desde noviembre de 2016. «Hasta ahora mirábamos sobre todo a las cifras; se consideraba un éxito cuando muchas personas se bautizaban. Pero bautizamos a muchos paganos sin que hubiera una auténtica conversión», declara el Arzobispo, procedente de los montes Nuba, con lo que es uno de los pocos cristianos sudaneses del norte de nacimiento. Durante la visita de ACN explica a la delegación: «Muchos no entienden tampoco el santo bautismo: traen a sus hijos a bautizar porque están enfermos y esperan del bautismo una curación. Pero esta no es la postura que importa. Es decir que la fe no está enraizada profundamente. Además, las tradiciones locales son muy fuertes». Concretamente, esto quiere decir: ir a Misa y acudir a una bruja son cosas no se excluyen.

Especialmente difícil es comprender la doctrina matrimonial de la Iglesia. Dice el Arzobispo: «La gente quiere tener a toda costa sucesores y herederos; por eso frecuentemente tienen varias mujeres. Y si solo tienen una mujer, pero el matrimonio religioso no tiene hijos, toman una nueva. Eso, naturalmente, no es compatible con la idea cristiana del matrimonio». Mons. Didi quiere responder con una ofensiva catequística: «Aquí hemos de profundizar realmente y de evangelizar la cultura. No es que no haya comprensión para la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio cuando se intenta explicarla a las personas». Sin embargo, y a pesar de las dificultades, el Arzobispo no se siente desalentado. «Me produce mucha satisfacción que las personas se alegren de ser cristianas, que estén orgullosas de eso. Llevan símbolos cristianos con orgullo y convicción. Además, los fieles participan mucho en la vida de la Iglesia. Como decía, nos falta profundidad; pero la gente tiene buena voluntad y tiene el corazón abierto al cristianismo».

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