Cuando Dios toca el corazón de un perseguidor de cristianos

Es frecuente que la fundación pontificia ACN (Aid to the Church in Need) invite en los diferentes países donde tiene sede a conferencias y actos en defensa de la libertad religiosa. Así, el pasado 6 de agosto, Día de Oración por los Cristianos Perseguidos en Brasil, Moussa Diabate fue invitado por ACN para contar su historia. A los pies del Cristo Redentor Moussa explicó la realidad y las marcas de la triste intolerancia religiosa, pero también describió la esperanza que nace cuando Dios toca la vida y obra en nuestros días la misma conversión que transformó a Saúl, perseguidor de cristianos, en el apóstol San Pablo, mostrando que no hay límites para el amor cuando el hombre abre su corazón a Dios.

Gracias a la ayuda de Cáritas más de un refugiado llega a Brasil, pero ninguno entiende el idioma. Entonces es preciso volver a recurrir a Moussa Diabate, un voluntario que habla 17 lenguas, incluidos algunos dialectos africanos. Pero no siempre fue así: no siempre Moussa estaba dispuesto a ayudar; es más antes estaba incluso dispuesto a matar a cristianos. A comienzos de la década de los noventa, cuando Moussa tenía 16 años, su nombre era Mohammed. Era el primogénito de 19 hermanos y pertenecía al pueblo nómada de los tuareg, con el que vivía en Mali, en el desierto del Sáhara. Su familia era musulmana suní y muy radical. Moussa estudiaba en Bamako, la capital, cuando se enteró de que un compañero suyo se había convertido al Cristianismo.

La historia de la conversión de su compañero arranca cuando este contrajo la tuberculosis y fue abandonado por su familia en el desierto, donde unas religiosas católicas que trabajaban en el ámbito de la salud lo encontraron y lo cuidaron. Cuando supo que todos estos cuidados eran gratuitos, el joven quiso seguir al mismo Dios de las religiosas y se convirtió.

Cuando tuvo noticia de la conversión de su compañero, Moussa también quiso ayudarlo, pero, desde su punto de vista, la única forma de hacerlo era matándolo. “Como se convirtió, tenía que matarlo para poder salvar su alma, y así también salvaría la mía; hasta su familia quería verlo muerto debido a su conversión. Por tanto, fui al hospital en el que estaba, y cuando llegué, él me dijo: Se por qué vienes, pero antes permíteme que te diga una cosa. Jesús te ama”. Aquellas palabras conmovieron tanto a Moussa que, a pesar de ir armado, no tuvo el coraje de disparar. Se fue y durante un buen tiempo no cesó de pensar en aquellas tres palabras: Jesús te ama.

Se sintió inquieto, no sabía lo que le estaba pasando, pero lo cierto es que en él se estaba operando un cambio: también quería ser cristiano. Pensó que su familia lo entendería, por lo que habló con su tío, con el que vivía cuando estaba en la capital. Este consideró que lo mejor era que Moussa partiera y se reuniera con toda su familia en el desierto. Lo que no se imaginaba Moussa era que, en tan pronto él emprendiera el viaje, su tío enviaría a un mensajero para informar a su familia sobre la conversación que habían tenido.

Era martes cuando Moussa alcanzó la caravana de su familia. Sus familiares le preguntaron si realmente se había convertido al Cristianismo, y cuando él respondió afirmativamente, lo apresaron, lo desnudaron, le dieron latigazos y lo arrastraron por el poblado. Las marcas de los latigazos todavía no han desaparecido. Apenas se había convertido, ni siquiera estaba bautizado, pero Moussa ya afrontaba la primera prueba de fe y experimentaba un dolor semejante al de Cristo al ser torturado por aquellos a quienes quería.

Moussa se quedó atado a un tronco y su familia le dio de plazo hasta el viernes para volver a convertirse al Islam, si no quería que lo mataran. En la noche del jueves al viernes, un pariente se acercó y lo liberó sin que nadie se diera cuenta. Fue la última persona de su familia a la que vio antes de recoger su ropa y huir a la capital. Una vez allí, se dirigió a su colegio y durmió en los bancos del complejo.

Tras permanecer algunos días en el colegio, lo buscaron con una carta de convocatoria de la Embajada suiza, pero él, asustado, se negó a ir. A los dos días, nuevamente la embajada suiza lo buscó, esta vez enviaron a un motorista que lo llamó diciendo: “Tu tío te quiere matar, necesitas asilo religioso”. Hasta hoy, Moussa no sabe a ciencia cierta cómo supieron de su historia, tal vez su tío ya había ido al colegio jurando que lo mataría. Moussa lo atribuyó al Espíritu Santo, que ya lo estaba guiando y protegiendo.

Cuando llegó al Consulado suizo en Bamako, le dieron un nuevo nombre y una nueva fecha de nacimiento. A partir de entonces, era a todos los efectos Moussa Diabate –que según el propio Moussa significa mensajero de paz/reconciliación–, nacido el 1 de enero en lugar del 15 de julio. En aquella época, Moussa supo de la existencia de ACN por la literatura religiosa en francés que la Fundación había puesto a disposición del Consulado en Mali, material apoyado por proyectos de ACN.

Moussa fue enviado a Suiza, pero a sus benefactores –aquellos que lo ayudaron durante todo el tiempo– nunca llegó a conocerlos, pues eran personas que ayudaban a refugiados desde el anonimato. Allí se bautizó, se graduó en Pedagogía y luego quiso regresar a Mali para trabajar para su gente, pero, lógicamente, en una región muy alejada de su familia, cerca de Mauritania. Así comenzó a trabajar de profesor y también intentó volver a aproximarse a su familia por medio de una tradición de su pueblo, consistente en enviar íntegro el primer salario a su madre como forma de gratitud por haberlo criado. Envió el dinero por correo y también por correo recibió la respuesta de su madre, que le decía que prefería verlo muerto a verlo como cristiano. Le devolvían el dinero del salario. Fue entonces cuando comenzó a destinar su salario a la ayuda a los niños necesitados, y así hasta hoy.

En 2012, con el avance de los islamistas radicales en Mali, muchas embajadas abandonaron el país. Moussa también se fue a Senegal y de Senegal, a Brasil, donde empezó a trabajar como voluntario de Cáritas en la recepción de los refugiados que llegan al país.
Moussa fundó una ONG que también acoge a refugiados a y los que la organización ayuda traduciendo, enseñado portugués, procurando cursos de formación, alimentos, etc. “Tenemos que formar a los refugiados para que cuando haya paz en sus países puedan regresar formados para reconstruir sus vidas”.

Moussa es católico, pero admite que, tras su conversión, le pareció un poco extraño que dentro del Cristianismo hubiera tantas divisiones. “Somos perseguidos por ser cristianos, no por ser católicos o evangélicos. En la ONG también ayudamos a musulmanes, porque para mí es como si estuviese cuidando a mis propios padres. Mi amor por las personas es mayor que las diferencias”.

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Fundada en 1947 como una organización católica de ayuda para refugiados de guerra y reconocida como una fundación pontificia desde 2011, ACN se dedica al servicio a los cristianos en todo el mundo allá donde estén perseguidos, discriminados o sufran necesidad material, a través de la oración, la información y la caridad. Anualmente ACN apoya alrededor de 6.000 proyectos pastorales en cerca de 150 países, gracias a donaciones privadas, ya que la organización no recibe ayudas gubernamentales.