En Alepo por fin se puede volver a esperar la Pascua con ilusión

por Eva-Maria Kolmann Durante los últimos años, en Alepo la Pascua era una fiesta triste. El Viernes Santo estaba presente en todas partes y la luz de la Resurrección parecía encontrarse muy lejos. «A nuestros niños les regalan ataúdes por Pascua», dijo hace un año sor Annie Demerjian en una conversación mantenida con la Fundación Pontificia Internacional «Aid to the Church in Need» (ACN). El nombre de Alepo se convirtió en sinónimo de muerte, duelo y horror. Aunque sea difícil creerlo porque los medios no hablan de ello. Este año ha mejorado la situación de Alepo y por fin se puede volver a esperar con ilusión que llegue la Pascua. Hoy, sor Annie puede decir: «Gracias a Dios nos sentimos mucho más seguros. Los bombardeos han terminado. Esta Pascua estoy feliz, como muchos otros cristianos que, después de tantos años de guerra, volverán a celebrar la Pascua en paz. Ahora nos sentimos mucho más seguros cuando vamos a la iglesia y cuando volvemos de la iglesia. Le damos gracias a Dios porque la situación ha mejorado. Me gustaría que el próximo año, por Pascua, todas las personas que tuvieron que huir pudieran volver a sus casas, reconstruidas. Espero que en nuestro país vuelvan a imponerse la paz y la caridad, de modo que volvamos a estar todos unidos». Sin embargo, los grandes sufrimientos por los que han pasado los habitantes de Alepo no se han olvidado. Todavía hay carencia de muchas cosas; sobre todo en la Semana Santa, los fieles intentan unir su dolor con el Vía Crucis de Cristo. Najib Halak, un cristiano de Alepo, dice: «En estas circunstancias intentamos seguir a Cristo, que tomó el camino del sufrimiento. Recorremos con Él este camino para llegar con Él a la gloriosa resurrección». Lina Nalanand, una creyente de Alepo, también hace sus reflexiones: «Es cierto que lo que hemos sufrido ha sido difícil y doloroso, pero por supuesto que no lo podemos comparar con la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. La resurrección de Cristo nos da esperanza, fuerza y la victoria de la vida; por eso decimos siempre: si Dios está con nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?». Rana Idelbi, una señora mayor de Alepo, espera con ilusión celebrar por fin de nuevo la Pascua: «para mí es un sentimiento increíble. Sé que me estoy haciendo mayor, pero tengo la misma ilusión que los niños cuando se acercan las fiestas». También ella sufrió muchas penalidades, y dice: «es cierto que estamos cansados y atemorizados, que han muerto muchos mártires, que hemos llorado y que muchos de nuestros hermanos y parientes se han ido. Pero, también en esa situación, sabía que el Señor está siempre con nosotros, y mi fe ha crecido. Rezo con mayor humildad que antes y sé que el Señor está conmigo y con todos nosotros». Sor Annie da las gracias a todos los benefactores de ACN, que prestaron su apoyo en esos tiempos difíciles a los habitantes de Alepo y que todavía hoy siguen aliviando las necesidades, que todavía siguen siendo grandes: «agradezco a Jesús que ha sufrido por nosotros en la Cruz y que nos ha unido en la fe con buenas personas como ustedes, que nos han ayudado. Esto es una bendición de Dios. Gracias por habernos ayudado a llevar con paciencia la cruz». El número de cristianos entre los habitantes que han permanecido en Alepo y alrededores se estima en 40.000. Son aquellos que no pudieron huir de la ciudad por ser muy pobres o porque los parientes con los que podían haber ido ya habían abandonado el país. Durante meses, Alepo estuvo sitiada completamente por el ejército sirio que, apoyado por las fuerzas de la aviación rusa, lucharon contra los rebeldes por el control de la parte este de Alepo. Los cristianos huyeron hace ya tiempo ante la persecución por parte de los rebeldes en la ciudad. Las agencias de noticias informaron sobre los bombardeos contra Alepo-Este; pero muy pocos mencionan los ataques de los rebeldes contra Alepo-Oeste que, con armas muy desarrolladas, causaron muchas víctimas entre la población civil y sembraron el miedo y el terror. Los cristianos de Alepo siguen sintiéndose aislados y amenazados, pero perseveran por su fe. Completamente empobrecidos, con alimentos y bienes de primera necesidad escasos, carencia de medicamentos, de electricidad y agua, se dirigen a las iglesias solicitando ayuda. Estas colaboran ahora satisfactoriamente en la distribución de ayudas de emergencia.
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