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«Lloré de desesperación», afirma el sacerdote que pasó más de dos años en manos de yihadistas

El padre Luigi Maccalli aprendió durante su cautiverio a perdonar y a rezar por sus enemigos, siguiendo el ejemplo de Jesús. En una entrevista con Aid to the Church in Need (ACN), compartió su experiencia.

El padre Pier Luigi Maccalli trabajaba como misionero en Boamanga, Níger, cuando fue secuestrado por hombres armados el 17 de septiembre de 2018 y trasladado al otro lado de la frontera, a Malí. Pronto se dio cuenta de que no se trataba de delincuentes comunes, sino de fundamentalistas islamistas. Así comenzó una dura experiencia que cambiaría su vida.

El padre Pier Luigi Maccalli

En esta entrevista con Aid to the Church in Need (ACN) habla abiertamente sobre el sufrimiento vivido durante los 750 días siguientes, hasta su liberación.

Ha escrito un libro titulado Elijo no odiar, en el que hace un llamamiento a poner fin a la guerra y la violencia. ¿Está inspirado en su experiencia de cautiverio?

Sentí la necesidad de escribir este libro como respuesta a las innumerables imágenes y discursos que aparecen en la televisión y en los medios de comunicación ensalzando el rearme y la guerra. He visto de cerca el verdadero rostro de la guerra; estuve encadenado como rehén y prisionero durante más de dos años y, precisamente porque experimenté en primera persona tanta inhumanidad, sentí la obligación de hacer que mi voz sea escuchada.

La paz es posible, pero no de la manera en que nos propone el mundo, con bombas y masacres de inocentes. Existe una alternativa a la guerra. Este libro describe las dos orillas del río de la paz, que se expresan mediante dos negaciones: no a la violencia y no a matar. Desde estas dos orillas podemos alimentar el río de la paz con una gran variedad de acciones y palabras creativas, en armonía con el bien, la no violencia y la vida, pero nunca con la muerte.

El 17 de septiembre se cumplirán ocho años de su secuestro. ¿Qué recuerdos conserva de aquel día? ¿Qué fue lo que más le impactó al darse cuenta de que había sido secuestrado y que probablemente pasaría un largo periodo en cautiverio?

Cuando me di cuenta de que mis secuestradores no eran delincuentes comunes, como había pensado al principio, sino yihadistas, fue como recibir un golpe en el estómago. Sentí como si una enorme piedra hubiera caído sobre mí y me aplastara. Era un peso demasiado grande y lloré de desesperación.

Recuerdo que cada día partíamos en motocicleta, alejándonos cada vez más de los lugares que conocía, y mi angustia crecía al comprender que sería cada vez más difícil escapar.

¿Cómo le cambió esta experiencia? ¿Existe un padre Maccalli antes y después del cautiverio?

Esta prueba cambió mi visión de la vida, de la misión y de Dios. A través de esta experiencia aprendí a conocerme mejor y a comprender mis propias fragilidades. Entendí hasta qué punto el mandamiento de Jesús de amar a nuestros enemigos es exigente y decisivo.

Confieso que estas palabras me interpelaron profundamente durante mi cautiverio y me preguntaba: «¿Cómo puedo amar a estas personas que me han quitado la libertad, me han mantenido encadenado cada día y me han amenazado de muerte?».

Solo cuando fui capaz de decir, junto al hombre en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», pude comprender plenamente la nueva lógica de las Bienaventuranzas. Mi libro se centra en la paz que nace de la lógica del Sermón de la Montaña de Jesús.

¿Llegó a sentir odio?

¡No! El odio es un callejón sin salida. Sentía una profunda compasión por mis captores. Son jóvenes adoctrinados por vídeos de propaganda y marcados por una enorme falta de educación.

Me entristecía ver que aquellos jóvenes, por cuyo mejor futuro yo había entregado mi vida, desperdiciaban la suya por un ideal de muerte y violencia. Sentí una sensación de fracaso como misionero. Y descargué mi ira contra Dios; me sentía como Job discutiendo con Él.

¿Pensó alguna vez que podría morir?

Incluso recibí amenazas explícitas. Fue el 23 de mayo, lo recuerdo perfectamente, cuando un yihadista me dijo: «A la primera oportunidad te meteré una bala en la frente». Y no estaba bromeando. Pero me dije que, incluso si me quitaba la vida de forma repentina, podía considerar cumplida mi vida misionera.

El año anterior al secuestro habíamos inaugurado una nueva iglesia en Boamanga e hice escribir las siete obras de misericordia espirituales y corporales en las siete puertas de entrada. Me dije que ese era mi testamento para la comunidad.

Todo aquel que entre en esa iglesia recordará que dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar a los enfermos y a los presos, vestir al desnudo y ayudar al necesitado… es el camino para entrar en el Reino de Dios. Al final de la vida seremos juzgados por el amor.

¿Cómo era rezar durante el cautiverio, rodeado de terroristas islamistas? ¿La oración era también una forma de resistencia?

Más que una forma de resistencia era una entrega al Reino de la paz. Hice un rosario de tela y, junto con mis oraciones espontáneas, me mantuvo unido a mi familia y a las comunidades por las que intercedía. Aprendí a ser misionero con el corazón y no con los pies. Rezaba la oración del corazón y recorría con él los caminos que antes transitaba a pie o en coche. Quizá la oración era mi manera de existir cada día.

Descubrí, durante el cautiverio, que rezar es combatir la soledad de sentirse abandonado por Dios. Es gritar el deseo de sentirse amado por un Padre que no es indiferente al clamor de sus hijos.

Hoy hay más terrorismo islamista que en septiembre de 2018, cuando fue secuestrado. Los grupos yihadistas continúan amenazando a Malí y Níger, pero también a Nigeria, Burkina Faso, Camerún e incluso Cabo Delgado, en Mozambique. ¿Qué mensaje tiene para estas poblaciones, especialmente para las comunidades cristianas que sufren los ataques de estos grupos armados?

Me gustaría agradecerles su testimonio de fidelidad y presencia en regiones marcadas por la inseguridad. Durante mi cautiverio recordaba estas palabras de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os insulten, os persigan y digan falsamente toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Reconozco que me resultaba difícil alegrarme, pero me consolaba saber que estaba en comunión con Jesús. Estaba en misión por Él.

Los insultos iban dirigidos contra mí, pero en realidad yo estaba allí por Él; Jesús era el verdadero objetivo. Y pensaba: estas personas creen que la guerra santa (yihad) sirve para glorificar a Dios, pero no se dan cuenta de que están desafiando al Dios de Jesús. Podía estar tranquilo; aquel que me había enviado estaba en primera línea conmigo. La causa es suya, como también lo es la misión.

Como sabe, la misión de ACN incluye apoyar a las comunidades cristianas que son víctimas de persecución y violencia. Durante su cautiverio, ACN pidió repetidamente su liberación y solicitó al mundo entero que rezara por usted. ¿Cómo valora el trabajo de la fundación pontificia?

Mi agradecimiento va dirigido a todos los que rezaron por mi liberación. Estoy convencido de que mi libertad es fruto de las oraciones de muchas personas: monasterios, comunidades parroquiales y numerosos fieles anónimos. El Vaticano y sus instituciones siguieron de cerca mi situación, que culminó con una audiencia especial con el papa Francisco el 9 de noviembre de 2020. A todos ellos les expreso mi más sincero agradecimiento y renuevo mi invitación a creer y esperar, a rezar y a trabajar por la paz.

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