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Exarca de Donetsk: “Por muy grande que sea el mal, nunca logrará destruirlo todo”

Maksym Ryabukha, SDB, de 46 años, es obispo en zona de guerra. La mitad de su exarcado está ocupada por el ejército ruso, y allí no es posible ejercer su ministerio. Con todo, asegura en una entrevista durante su visita en la central de Aid to the Church in Need (ACN), que, en medio de la destrucción que está acarreando la guerra, descubre “constantes signos de esperanza”. Por ejemplo, en la fidelidad de sus sacerdotes en la línea de fuego, la solidaridad entre los jóvenes y la fuerza de la oración de las madres.

El obispo Maksym Ryabukha

Hace un año contó a ACN que la mitad de su exarcado estaba entonces bajo ocupación rusa. ¿Cómo es la situación actual?

La línea del frente se mueve constantemente. Recuperamos algunos territorios, pero en otros siguen avanzando las fuerzas rusas. Más allá del mapa, lo que ha cambiado ahora es la modalidad de la guerra. Hace un año, estar a 20 kilómetros del frente significaba tener cierto margen de seguridad. Hoy, con el uso masivo de drones y bombas guiadas, cualquier lugar a menos de 50 kilómetros es extremadamente peligroso.

¿Cómo están las iglesias en esa zona ocupada?

Lamentablemente, la destrucción material es devastadora. Ahora están arrasando casa por casa, también las casas parroquiales. En Kostiantynivka fue destruida la iglesia. En fotos hechas con drones vimos que lo único que ha quedado en pie es un fragmento de la cruz de la cúpula central. Prácticamente, no queda piedra sobre piedra. Es durísimo.

Los restos de la iglesia greco-católica en Kostantynivka

¿Cómo ejerce su misión como obispo en el frente de guerra?

La ejerzo siendo un obispo de oración y de acompañamiento. Yo no puedo detener la guerra ni cambiar el curso de la historia militar, pero sí puedo estar cerca de la gente: en la oración, en el diálogo y en la presencia pastoral. A pesar de la tragedia, veo con claridad que Dios no nos abandona. Hay constantes signos de esperanza.

¿A qué signos de esperanza se refiere?

Hace poco, durante un curso de formación para nuestros sacerdotes, el predicador me confesó: «Me impacta ver que tus sacerdotes están serenos y felices». Humanamente parece imposible. ¿De dónde surge esa serenidad? Nace de la vida de oración y de la fraternidad sacerdotal. Intentamos reunirnos lo más posible. Saberme acompañado me da la certeza de que, pase lo que pase, nunca estoy solo. Eso transmite serenidad y fuerza para seguir adelante.

¿Cómo están sus sacerdotes?

Viven una fidelidad heroica. Si les digo «Tienes que evacuar, es peligroso», suelen responder: «Monseñor, fui ordenado para esta gente. Si me voy, ¿quién celebrará sus funerales? ¿quién confesará o visitará a los enfermos?». Y se quedan allí.

Fieles greco-católicos asisten a una divina liturgia al aire libre

¿Cómo viven los jóvenes la fe en medio de la guerra?

También es conmovedor. Este año, unos 60 participaron en el curso de formación de animadores; además, organizamos unos 15 campamentos de verano en las parroquias. Llevan alegría y paz allí donde van. Pero no son solo los jóvenes, es toda la comunidad. También está el grupo de “Madres en Oración”, que se reúnen semanalmente. Como el transporte falla por el constante peligro, los sacerdotes se las ingenian en sus propios coches para reunir hasta 80 señoras en estos encuentros diocesanos.

¿Qué es lo que le está enseñando esta guerra?

Que por muy grande que sea el mal, nunca logrará destruirlo todo.

Como salesiano, educar para la alegría en este entorno debe ser un reto inmenso. ¿Cómo se logra?

La soledad destruye; la comunidad sana y devuelve el sentido a la vida. Recuerdo a un joven que, tras la ocupación al inicio de la ocupación, logró huir con su familia a Zaporiyia. Pasó meses encerrado en casa, entre la depresión y la culpa al ver cómo destruían su mundo. Por fin, se animó a ir a un campamento de la parroquia y eso le devolvió la vida. «Estar con amigos me enseñó que la vida no es solo drama. Aunque cada día pueda ser el último, vale la pena vivirlo bien», me dijo.

El obispo Maksym con miembros de un grupo juvenil

¿Siente que la guerra ha cambiado la forma en que la gente se acerca a Dios?

La guerra elimina el teatro y las apariencias. No da tiempo para vivir según las expectativas de los demás. Te haces preguntas definitivas: ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué sentido tiene estudiar o trabajar si todo puede acabar hoy? Eso lleva a Dios. Han florecido muchas vocaciones en medio del sufrimiento. Actualmente tenemos 19 seminaristas. Hay hambre real de bien y de sentido.

¿Hay conversiones?

Hay conversiones de personas adultas. En Zaporiyia un exprisionero de guerra decidió bautizarse tras sobrevivir al cautiverio. Comprendió que si había sobrevivido era porque Alguien le había dado la fuerza para resistir.

¿Siente que la paz está más cerca?

Cada día que pasa estamos un paso más cerca de la victoria y de la paz. Cuándo llegará exactamente es un secreto para todos, pero es algo que esperamos con inmensa impaciencia.

A pesar de las dificultades, la vida continúa para la Iglesia en el frente

¿Qué mensaje le gustaría enviar a los benefactores de ACN?

Siento un profundo agradecimiento. El bien que hacemos juntos es una fuente inmensa de esperanza. Les diría que vale la pena creer e invertir en el ser humano, incluso cuando parece que vivimos en un mundo absurdo. Formar a un sacerdote, apoyar a un joven o cuidar a un niño es apostar por el futuro de un pueblo entero. Gracias a quienes siguen creyendo junto a nosotros en la posibilidad de lo imposible. Gracias a quienes reconocen nuestra dignidad y nuestro derecho a la vida.

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