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Sudán del Sur: «A veces, la riqueza también resulta ser una maldición»

Sudán del Sur es uno de los países más pobres del mundo. Dos tercios de la población depende de ayuda humanitaria. La corrupción y las disputas tribales han producido una división del país, que tuvo que recorrer un arduo camino hacia la independencia: solo en 2011 el sur, predominantemente cristiano, se separó del norte musulmán.

Mons. Stephen Ameyu Martin Mulla, arzobispo de Juba,  capital de Sudán del Sur, ha mantenido una conversación con la fundación pontificia internacional «Aid to the Church in Need» sobre la desastrosa situación y las frágiles esperanzas de mejora. La entrevista corrió a cargo de André Stiefenhofer.

ACN: Mons. Mulla: ¿cómo es actualmente la vida diaria de los habitantes de Sudán de Sur?
Mons. Stephen Ameyu Martin Mulla:
Sudán del Sur es uno de los países más jóvenes del mundo, pero también uno de los más pobres. Hemos pasado por décadas de guerra civil. Hay pocas carreteras buenas, falta de todo. Desde la mañana hasta la noche, la gente busca comida y agua potable. Este año, además, se produjo una gran sequía. También, seguimos luchando contra las consecuencias de los conflictos locales. Hacemos un llamamiento a nuestros hermanos y hermanas, de todo el mundo, para que acudan en nuestra ayuda en estos momentos de necesidad.

¿Cómo es la vida de la Iglesia en estas difíciles condiciones?

La población cristiana está sufriendo enormemente. Nuestros sacerdotes también sufren mucho. En algunas parroquias sólo hay chozas de paja, sin electricidad ni agua. Donde no hay iglesia, la gente reza a la sombra de los árboles. Pero los creyentes vienen en gran número, la fe es fuerte.

Evidentemente, el Estado no es capaz de satisfacer las necesidades más básicas de la población. ¿Puede la Iglesia ayudar en esto?
La Iglesia es un signo de paz y esperanza para el pueblo de Sudán del Sur. Ha sido y es un referente en educación y salud. Hacemos todo lo posible para que la gente tenga comida y agua potable. Intentamos animar a la gente a cultivar la tierra para poder mantenerse. Enseñamos a las personas a tener confianza en sí mismas y a defender sus derechos.

Sudán del Sur es rico en recursos naturales. Pero los únicos que se benefician de estos recursos naturales son las élites. Usted está en contacto con el presidente de su país. ¿Ha entablado un diálogo con usted?

A veces, la riqueza también resulta ser una maldición. En Sudán del Sur se produce petróleo, pero los ingresos no llegan a la población. Hay  diálogo entre los obispos y el presidente y otras autoridades. Esperamos que, a través de este diálogo, podamos provocar un cambio de mentalidad. Mientras tanto, el gobierno ha empezado a construir nuevas carreteras y nuevos hospitales. Creo que esto es fruto de nuestro diálogo.

Los líderes de Sudán del Sur empezaron siendo señores de la guerra. Ahora tienen que ser líderes civiles. ¿Se toman en serio esta responsabilidad?

Los responsables empiezan a darse cuenta de que no les conviene seguir comportándose de forma irresponsable. Como Iglesia, podemos centrar su enfoque en esta responsabilidad. El presidente Salva Kiir Mayradit nos ha dicho que no volverá a la guerra. Espero que haya dicho la verdad.

Tras muchos años de guerra civil, Sudán del Sur es un país dividido. ¿Qué hace la Iglesia para reconciliar al pueblo?
En cada diócesis, hemos creado nuestros propios departamentos de Justicia y Paz. Intentamos educar a la gente en la unidad y la cooperación. Nuestro problema es el tribalismo, un tribalismo que ha destruido el tejido de nuestras vidas. Trabajamos duro para producir un cambio en nuestro pueblo mediante la reconciliación y el diálogo, para que la gente entienda que todos somos hermanos.

En un país tan dividido por la guerra civil, es un signo de esperanza que al menos los obispos de Sudán y Sudán del Sur nunca se hayan separado. ¿Cuál es la situación actual?

Los obispos del Norte y del Sur están unidos. Esta unidad nos ayuda a unir nuestras ideas para resolver los problemas candentes de Sudán y Sudán del Sur. Intentamos presionar a nuestros gobiernos. Tienen que cambiar su actitud hacia el pueblo.

¿Cuál es la mejor manera en que Occidente puede ayudar al pueblo de Sudán del Sur ahora?

Me gustaría hacer encarecidamente un llamamiento para que sigan apoyándonos en el ámbito de la educación. La educación es lo más importante. En este momento, también hay una gran hambruna. Incluso una pequeña ayuda económica ayuda mucho, por ejemplo para construir casas en nuestras parroquias. Agradezco a Aid to the Church in Need que nos dé una plataforma para expresar nuestras necesidades y preocupaciones. Agradezco a todos los benefactores su ayuda.

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