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Del perdón a la incertidumbre: la historia de un sacerdote del sur del Líbano

El padre Youssef Semaan observa cómo el conflicto vacía su pueblo y amenaza décadas de convivencia entre cristianos y musulmanes.

En el sur del Líbano, la guerra no solo está dañando las infraestructuras sino que está alterando profundamente las relaciones sociales y el tejido humano de las localidades de población mixta, donde cristianos y musulmanes conviven. Así lo señala el padre Youssef Semaan, párroco maronita de Kfour, en una entrevista concedida a la fundación pontificia Aid to the Church in Need (ACN).

El padre Youssef Semaan es sacerdote maronita en una localidad del sur del Líbano donde durante décadas han convivido cristianos y musulmanes. Su historia personal está profundamente ligada a la violencia que ha marcado la región, ya que el padre Youssef es hijo del también sacerdote maronita Khalil Semaan —ya que en la Iglesia maronita los hombres casados pueden ser ordenados sacerdotes—, que fue secuestrado en Kfour el 2 de diciembre de 1987 durante la guerra civil libanesa cuando se dirigía a celebrar la misa. Tras varios años murió en cautiverio.

 El padre Semaan en la iglesia parroquial de Kfour

Su cuerpo fue entregado a la familia en 1991. Aquel secuestro tuvo lugar en un contexto de fragmentación del país y de presencia de numerosos grupos armados en el sur del Líbano. Sin embargo, este pasado no apartó a Youssef Semaan de su vocación: decidió seguir los pasos de su padre, hacerse sacerdote y servir en el mismo pueblo, en un gesto de arraigo y fidelidad, con el propósito de «dar testimonio del perdón», según sus propias palabras.

«Hace muchos años decidí regresar al pueblo para dar testimonio de que el perdón era posible. Pero la guerra actual está destruyendo poco a poco la confianza. Cada vez hace más difícil la convivencia», explica a ACN el párroco de Kfour, en el distrito de Nabatieh.

La comunidad cristiana de Kfour, asentada en un entorno mayoritariamente chií, se ha reducido de forma drástica. Desde el 2 de marzo de 2026, fecha que marcó una clara intensificación del conflicto tras el lanzamiento de cohetes por parte de Hisbollah desde el Líbano hacia el norte de Israel y los posteriores bombardeos israelíes sobre el sur del Líbano y los alrededores de Beirut, el pueblo ha quedado prácticamente vacío de población cristiana. De unos 120 fieles, apenas una docena sigue viviendo allí. El resto ha huido hacia Beirut o Sidón, dejando atrás sus casas, sus tierras y sus explotaciones agrícolas.

«Algunos no tenían recursos para marcharse. Otros poseen ganado y no podían resignarse a abandonarlo. Uno de nuestros feligreses sigue cuidando de unas cuarenta vacas», explica el sacerdote a la fundación pontificia. Él mismo tuvo que abandonar Kfour por motivos de seguridad. En los últimos meses ha podido regresar en dos ocasiones y mantiene un contacto diario con las familias a través de mensajes.

Tres viviendas de feligreses destruidas

Sobre el terreno, la mayoría de las viviendas siguen en pie, aunque muchas han sufrido daños y varias zonas han sido objeto de bombardeos. La casa del sacerdote también ha resultado alcanzada. Más recientemente, durante la noche del 3 al 4 de junio, un ataque provocó el derrumbe de tres viviendas pertenecientes a familias de la parroquia.

La comunidad cristiana de Kfour ha pasado de unos 120 miembros a 12

«Cada semana es más peligrosa que la anterior. La situación se ha vuelto insoportable», afirma el padre Semaan. En los últimos días, la región de Nabatieh ha experimentado una intensificación de las operaciones militares israelíes. Los combates en torno a la fortaleza de Beaufort se han recrudecido tras varios días de violencia, aumentando la presión sobre las localidades vecinas y provocando nuevos desplazamientos de población.

Para el párroco de Kfour, las familias de su comunidad se enfrentan a una decisión dramática: «Quedarnos y arriesgar la vida, o abandonar nuestra tierra sin ninguna certeza de poder recuperar algún día nuestras casas y nuestros bienes», resume en sus declaraciones a ACN.

Aun así, se niega a ceder a la desesperanza. «Mantenemos la esperanza. Pero la esperanza, por sí sola, no basta. Necesita apoyarse en bases concretas que nos permitan reconstruir y seguir viviendo. Al fin y al cabo, somos seres humanos».

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