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Obispo de Venezuela: “Los que no tienen nada, lo dan todo”

Desde una de las zonas más pobres y densamente pobladas de Caracas, la Iglesia se ha movilizado para acompañar a los heridos trasladados desde La Guaira. ACN ha aprobado una ayuda de emergencia de 100.000 euros para apoyar la respuesta de la Iglesia ante la catástrofe.

Cuando se produjo el terremoto que golpeó Venezuela, Mons. Juan Carlos Bravo Salazar, obispo de Petare, se encontraba en Mérida. Con los vuelos cerrados, tuvo que regresar por tierra a su diócesis en un viaje de 16 horas. Al llegar, encontró una realidad inesperada: “Petare es una de las zonas populares más grandes y necesitadas de Caracas. Le llaman la favela más grande de Latinoámerica. Uno piensa que lo primero que se va a caer en un terremoto son estos barrios pobres. Pero Petare se mantuvo”, explica el obispo en una conversación con la fundación pontificia Aid to the Church in Need (ACN).

La diócesis de Petare, al este de Caracas, comprende 177 kilómetros cuadrados donde viven alrededor de dos millones de personas, distribuidas en 2,000 barrios populares. “No tuvimos fallecidos ni heridos como consecuencia directa del terremoto, gracias a que tenemos roca debajo de nosotros, pero sí daños estructurales en iglesias, capillas, casas parroquiales y algunas viviendas”.

“El 90% de nuestra diócesis está en situación de pobreza”, señala Mons. Bravo. “Pero en esta emergencia Petare que es una zona vulnerable, se ha convertido en un punto clave de ayuda para los heridos y damnificados procedentes de La Guaira”.  

Cuatro de los principales hospitales del país se encuentran en su diócesis y han recibido a la mayoría de los heridos. Por eso, la respuesta de la Iglesia local se ha centrado especialmente en la asistencia a los hospitales, donde la falta de insumos médicos agrava una situación ya muy precaria, y a los damnificados.

A través de Cáritas diocesana, la Iglesia en Petare ha organizado cuatro centros de acopio en distintos puntos de la diócesis y ha movilizado a más de 250 voluntarios directos. “Estamos apoyando con medicinas, material quirúrgico, material de limpieza, comida y también ropa, porque muchas de las personas que llegan no tienen nada” , afirma Mons. Bravo.

El obispo subraya que “la respuesta de la gente ha sido grandiosa, una bendición de Dios. La sensibilidad para apoyar, colaborar, estar presentes, ordenar ropa, clasificar medicinas, transportar y llevar ayuda ha sido admirable”, explica. “Vemos el paso y la presencia de Dios en toda nuestra labor”.

El amor desmorona el miedo

Mons. Bravo recuerda que una mujer de La Guaira llegó desorientada a Petare, sin conocer la zona, con familiares heridos en los hospitales y sin saber cómo conseguir medicinas, exámenes médicos o ropa. Los voluntarios la acompañaron, le consiguieron lo que necesitaba y permanecieron con ella. Al final, la mujer se descompuso y se desmayó: “Pensamos que se había muerto”, recuerda Mons. Bravo. Médicos, jóvenes y paramédicos corrieron a atenderla.

“Después, entre lágrimas, risas y alivio, comprendimos lo que había ocurrido. No era solo cansancio ni miedo acumulado. Nos dijo ella misma que era también la emoción de sentirse acogida y ayudada gratuitamente, en un lugar desconocido, por personas que no esperaban nada a cambio”, cuenta el obispo. “El miedo desmorona al ser humano, pero el amor desmorona esos miedos”.

Petare se ha volcado con las víctimas. “Los pobres siempre sorprenden”, afirma Mons. Bravo.

“Los pobres son la mayor riqueza que tiene la Iglesia venezolana”, subraya y describe una vivencia que lo describe: “ Vinieron dos hombres que reparan zapatos en la calle. Ellos recogen zapatos rotos, los reparan y los venden. Viven de eso. Llegaron con 50 pares que habían arreglado para vender, pero decidieron donarlos a los damnificados”. “Los que no tienen nada, lo dan todo”, añade. Para el obispo, este gesto revela una verdad profunda: en la nada, Dios también trabaja. Allí donde casi no hay recursos, aparece una riqueza humana y espiritual inmensa.

Otro de los signos más esperanzadores de esta crisis para el obispo han sido los jóvenes: “Muchos han participado descargando camiones, organizando ropa, preparando comida y trasladando ayuda. Una noche llegó a uno de los centros de acopio un gran camión cargado con agua, colchonetas, alimentos y medicinas. Era tarde y tuvimos que llamar a los jóvenes para pedirles ayuda. La respuesta fue inmediata. El camión fue descargado en apenas 15 minutos”.

“Lo hacen con alegría, disciplina y sin protagonismos”, dice Mons. Bravo. “Lo más importante es que están ahí para ser hermanos, acompañar y ayudar”.

Junto a la respuesta material, la diócesis está insistiendo también en el acompañamiento espiritual y humano de los afectados, de los voluntarios y del personal sanitario. “No podemos quedarnos en lo meramente psicológico, sino también en lo espiritual. Pero lo espiritual no como espiritualismo, sino como humanización al modo de Jesús”, explica el obispo.

En estos días, Mons. Bravo ha propuesto a sus comunidades tres palabras para vivir la emergencia: “prudencia, calma y paciencia”.

“En este momento hay que ser prudentes para cuidarnos a nosotros también y cuidar a los demás. Calma, porque no debemos actuar con impulsividad en medio del dolor. Y paciencia, para afrontar un proceso que no terminará en pocos días; porque aunque quisiéramos ir más rápido, hay momentos en los que hay que saber cuándo avanzar y cómo hacerlo”, señala.

ACN: oración, cercanía y fraternidad

ACN ha aprobado una ayuda de emergencia de 100.000 euros para apoyar la respuesta de la Iglesia ante la catástrofe. Esta ayuda busca permitir una respuesta flexible a las necesidades más urgentes en las diócesis afectadas, tanto en la atención inmediata a los damnificados como en el acompañamiento pastoral, humano y espiritual de las comunidades golpeadas por el terremoto.

Mons. Bravo pide a los benefactores de ACN, ante todo, oración y cercanía: “Para nosotros, ACN significa contar con hermanos que siempre están dispuestos a tender la mano”, afirma. “Más que pedir cosas, quisiera que ACN continúe con su carisma y no se convierta en una institución burocrática o de asistencia social, sino en una comunidad que genera fraternidad”.

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